Oscar Merlo

DISCRIMINACIÓN TAMBIÉN ES VIOLENCIA
“No sé cómo va a ser mi vida a partir de ahora”, me ha dicho en reiteradas oportunidades mi amigo (hermano) Oscar Castellucci, papá de Martín, el chico de 20 años asesinado por la irracionalidad de un personaje de “la noche”, encargado de ejecutar la política discriminatoria en el boliche “La Casona” de Lanús hace unos 15 días atrás. Y adhiero a este concepto porque, como si fuéramos un “blanco”, nos ha tocado en el centro como familia, porque pudo haber sido mi hija o mi hijo (o el hijo de cualquier lector), pero fue mi ahijado Martín (también “mi hijo”) la víctima de la impunidad de estos artífices de la violencia cotidiana. Que agreden a nuestros pibes, tratándolos como ganado, discriminándolos por su color (el tristemente célebre “cabecita negra”), por la marca de las zapatillas, por la imagen, cobrándoles tarifas diferenciales para acceder al prestigio de un infierno, “La Casona” (hoy cerrada por decreto municipal), incluyendo la paradoja de que el seleccionador (el dueño del boliche, un tal Atilio Amado, que de hecho también es un “cabecita” de acuerdo a estos calificativos tan despreciables), ejerce, rodeado (seguramente) su cuello y muñecas con valiosas cadenas de oro, desde la impunidad, la selección de nuestros hijos, sin que haga mella en su trajinar la acusación de violación de una menor (conocida por todo Lanús) y ahora su responsabilidad como dueño del establecimiento en el asesinato de Martín.

Porque…
Martín cayó por tener algunas cosas muy claras, seguramente recuperadas de su padre que, como militante peronista, ha luchado porque sus hijos consideren a sus amigos por sus valores espirituales y no por su color de piel o extracción social.
Martín tuvo la valentía de “bancar” a su amigo que rebotaba en la entrada de este triste boliche por no cumplir con la imagen que pretendían su seleccionadores y sin que mediara más que un cambio de palabras (no violento: lo sé porque lo conocía a Martín y por testimonios) recibió un par de trompadas salvajes de un “cuidador” de la puerta que no contaba con otros instrumentos para disuadir (dictados por las instrucciones del local) que la violencia. Matándolo con la alevosía de un boxeador (hay documentación que así lo acredita y compromete), con esos músculos cobardes de plástico de quien casi no sabe lo que hace, aunque seguro de responder a la ideología de su patrón, este último responsable moral (penal si la ley lo contemplara) terminando con la vida de un pibe (que “calificaba” como cliente), que comenzaba a ordenar su vida a través del estudio, el trabajo, el cultivo de amistades y el corto tránsito de un noviazgo.
No sabemos cómo terminará este episodio y no digo historia porque me temo que aún, lamentablemente, tendremos que seguir viendo estos hechos repitiéndose en sus diferentes variantes (abuso de la policía, asaltos con muertes, otros “cromañones”…). Lo que sé es que nosotros estaremos sumándonos a la legión de padres y amigos que militan por la vida, en nuestro caso en la búsqueda de la justicia (la verdad de lo que pasó y la aplicación de la pena que corresponda), con un discurso y accionar que no alentará el desprestigio de las instituciones como tales, si no reclamando que los organismos del Estado cumplan con lo que tienen que hacer. Los funcionarios comprometiéndose en la generación de políticas eficaces que tiendan a volver a un orden previsible de convivencia y para llegar a esto (camino largo por cierto) creemos en el involucramiento de todos.
Confesaba parte de su “culpa” Oscar Castellucci en el acto por Martín el pasado 21 de diciembre en Plaza Congreso, pidiéndoles perdón a los chicos presentes por la sociedad que les dejábamos como adultos, y comprometiéndolos a no dejarse manosear, a luchar por sus derechos, a organizarse para acabar con la impunidad, a terminar con la violencia contra los jóvenes, en una consigna que habla por sí misma: “Basta de pegar, Basta de matar…”
Esa aparente imagen de serenidad, equilibrio y templanza de este padre que impresiona a quienes lo miran por televisión, no debe confundirse con una postura “ingenua y romántica” que le atribuyeran otros padres (respetables porque sufren desgracias semejantes, aunque intolerantes con quienes no piensan como ellos…) La firme convicción de quien ha luchado y lucha desde su condición de docente universitario e intelectual peronista, más el apoyo de su familia y de sus amigos (y nuevos amigos que se van sumando solidariamente) es lo que lo mantiene firme y hace que no se tuerza hacia livianas definiciones de que “todo está podrido” o a pergeñar venganzas por mano propia que muchos, desde la no vivencia en carne propia, suelen arriesgar como si fuera la solución del tema.
La donación de todos los órganos de Martín al INCUCAI, por pedido de él en vida y decisión de la familia en los peores momentos de quienes tienen que despedir a un ser querido, son una muestra más de madurez, responsabilidad y solidaridad y una apuesta activa a la vida.
Por el compromiso asumido ante su familia y especialmente ante la memoria de Martín, a quien -como a sus otros hijos y a sus alumnos- lo había formado en la idea de la lucha solidaria y en la búsqueda de una sociedad más justa que rompa la cultura individualista y materialista impuesta a sangre y fuego por el “proceso” .
“Para que no nos gane la impunidad, para que no nos cierren los ojos, para que no nos quieran callar”, dicen los amigos de Martín en sus consignas y en esta nueva y inesperada causa que los hará crecer y comprometer en el camino de la búsqueda de soluciones desde la gente.
Por la memoria de Martín y de los tantos chicos injustamente asesinados o mutilados, Oscar Castellucci, su familia y los amigos que lo acompañamos, llamamos a fortalecer los eslabones de lucha sueltos, nucleados alrededor de cada caso que se da cada día, forjando una cadena solidaria de acción en la búsqueda de justicia, contra de la “discriminación que nos mata”.

Fecha: enero 2007 y se publicó en El Pasajero, Año X, Nº 50, febrero/marzo 2007, p. 19.

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