Tato Contissa

Pasemos al otro “Patovica”
Siempre hay un tipo que te para cuando pretendés atravesar cualquier puerta. Es algo que tenés y no algo que te hace falta lo que se convierte en el requisito ausente, en el salvoconducto que no podés mostrar y que te pone al tipo enorme e insuperable entre vos y tu derecho a pasar del otro lado. Algo que tenés, no algo que te hace falta.

El “patovica” que no pudo pasar el amigo de Martín Castellucci es el más chico de todos. Martín pago todo el precio para poder pasarlo. Un precio demasiado alto si lo dejamos solo, si le dejamos sola a su familia. La moneda invalorable que pagó Martín sólo se cotiza si la sociedad logra pasar al otro “patovica”, a ese más grandote que está armado de indiferencia e hipocresía y en dónde se funden todas nuestras miserias.

El sistema mediático fabrica curiosidades, por gazmoñas o por brutales que sean, a las que llaman noticias. Prontamente se aburre de esos hechos cuando su evolución ya no genera curiosidad o cuando golpea a las puertas de asuntos de los cuales “mejor no hablar”. El caso de Martín es uno de estos últimos.

La condena de los medios al caso llegó también hasta la altura del primer “patovica” y apenas si rozó a sus patrones. Cuando el “análisis” periodístico tropezó con el derecho de admisión como cara del derecho de propiedad y como cara encubierta de la discriminación hubo que ponerle sordina. Cuando nos dicen que la violencia es inexplicable es que no quieren hablar de las razones de la violencia. Toda violencia tiene su explicación aunque casi siempre sea injustificable.

La razón de la violencia que se llevó la vida de Martín está encapsulada en el corazón de la sociedad. Es la denigración de los morochos, el clasismo de los sectores medios, el desprecio y el miedo a los sectores bajos y a las subespecies marginales que un sistema tan injusto como el nuestro es capaz de producir. Esa “razón” anidada en el centro mismo de la sociedad y que resulta el centro mismo del sistema mediático es la que le da norma y justificación al derecho de admisión, a los criterios de selección y al aparato represivo instalado en la puerta de los boliches bailables. Cada etapa se fundamenta en la voluntad social de discriminar, de separar, de aislar y de diferenciarse para sentirse inmune, protegido, distinguido y distanciado de toda esa otra gente que nos da vergüenza en cuotas mezcladas en el límite del odio y del temor.

Habrá que entender que la bala mata, pero la bala parte de un sistema cuyo mecanismo tanto como quien lo acciona están hechos para matar.

A ese “patovica” es al que hay que pasar. Por lo poco que sé del fatal episodio puedo suponer que Martín quiso pasar a ese “patovica” y no sólo al otro, al más chico, al que le dio la muerte. No pudo.

Es tarea de todos hacer lo que él hizo, salir de donde estamos, volver a la fila en dónde se practica la discriminación y pasar al otro patovica, al más grande, al que amenaza a nuestros hijos y a los hijos de los otros. Porque es algo que tenemos y no algo que nos falta lo que le debemos presentar al matón que se para en la puerta del futuro.

Si nos animamos es seguro que pasamos.

Tato Contissa (periodista)

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